Dos "atentados"

El tipo se volvió incómodo para muchos, desde los constitucionalistas románticos hasta los propietarios elementales, los de la bodega y el carro de alquiler. El nuevo rumbo que le imponía a su “rumba” no hacía más que engrosar la fila de los opuestos.
Su tendencia a simplificarlo todo se impuso hasta con los contrarios, no perdió tiempo en clasificaciones: el enemigo sería Uno, con una misma condena. Toda oposición era vestida con el traje oscuro de la Agencia, mercenarios y enemigos del pueblo, el otro extremo del espectro. O revolucionario o de la CIA.
Langley sí lo trató de sacar del camino varias veces, pero sólo acumuló una larga secuela de tentativas, errores y descoordinaciones. Una lista que hoy, con el encanto oportunista del historiador exclusivo, Fidel Castro nos pretende vender como triunfos de la Revolución, como lances oportunos y estocadas contra el mal. Faltas ajenas disfrazadas de victorias propias
El insaciable ego del Comandante quería su propio record, un número equiparable a su obsesión por trascender. La nueva orden era cazar espías, asesinos encubiertos, pagados por la agencia, ensañados con su barba o con su arenga. Los guardianes se entregaron a la nueva tarea con devoción, y el resultado no se hizo esperar: el cómputo de atentados contra su vida alcanzó dimensiones fabulosas, cuanta persona acarició la hoja de un cuchillo y pensó en él, ya podía ser sumada a la lista de conspiradores y agentes de la CIA.
Participé en muchos casos legales de estos supuestos atentados, a veces ridículos, pero crueles y lacerantes siempre. Escojo apenas dos, como testimonios excepcionales de la farsa oficial.

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Eran cuatro ancianos en un parque de la Habana, que sin detenerse a sopesar lo concurrido del lugar, bañaban con ron barato sus debates en voz alta, escena habitual en cuanto portal o banco quedara disponible en Cuba hacia finales de los años 80. Lo particular en esta imagen cotidiana fue que esta vez el análisis versó sobre lo peligroso que podía llegar a ser el uso de un juguete dirigido por control remoto en manos enemigas. La desinhibición que el “sábado corto” provocó en ellos les condenó a la peor pesadilla de sus vidas. Luego del consabido soplo, la cuarteta alcohólica fue detenida y trasladada a Villa Marista: debidamente identificados y acusados, formaban parte de un plan organizado para atentar contra la vida del Comandante.
Los ancianos, tras su obligada abstinencia en Villa, habían perdido la facultad de fabular. No pudieron recrear el menor elemento que permitiera a los sicarios asociarlos con un plan de esa envergadura y mucho menos como un grupo organizado, cuando cada uno decía una cosa distinta. Daba pena verlos, desesperados por resolver aquella absurda situación, exprimiendo a fondo su imaginación.
Interrogados durante largo tiempo, los cuatro viejos no pudieron regalar una sola confesión que tornara lógica la acusación en su contra, mucho más difícil de sustentar en un país donde ese tipo de juguetes sólo se ve en televisión y donde por C4 se entiende un cupón de la libreta de racionamiento, sin mayores poderes explosivos.
Cansados, destruidos y casi confesos de un crimen que nunca planearon, regresaron a sus casas convertidos en estadísticas, una más de las victorias revolucionarias, otro plan de la maldita Agencia desmontado por el ingenio de la Seguridad del Estado.
De paso, quedó terminantemente prohibida la entrada de los juguetes teledirigidos al país, sanción accesoria para el resto de los complotados, los once millones de potenciales delincuentes en quienes no se podía confiar.

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Otro expediente detallaba el caso de un joven traumatizado, a quien la Seguridad le ocupó la pistola del padre, recientemente fusilado dentro de un espectáculo mediático de proporciones bíblicas.
Era un arma pequeña, casi decorativa, con cachas de nácar, uno de esos “hierros” que son más eficientes por la confianza que le inspiran al portador que a la hora de disparar. Ingenio mecánico que seguiría durmiendo en una gaveta de no ser por el injustificado registro policial a su casa.
Con los recientes antecedentes del padre, el muchacho no podía esperar benevolencia ni comprensión; temblaba aterrorizado ante la violencia y premura de su traslado a Villa Marista. Junto a él, también detenida, la hermosa madrastra, ahora viuda.
Luego del intempestivo traslado, nadie les dedicó la menor atención durante varias horas, técnica que los descompensaba y los hacía sentir culpables o hasta sancionados.
Cuando ambos estaban a punto de desfallecer, dispuestos a aceptar cualquier culpa, el cuarto de interrogatorio fue invadido por una pequeña comisión de uniformes y agendas, quienes aseguraron que lo sabían todo sobre el atentado al Comandante que fraguaban y que, como único podían mejorar en algo su situación, era si cooperaban con carácter extraordinario.
El muchacho se tomó unos segundos antes de reaccionar, se imaginó junto a la exuberante rubia, forzando una ridícula carrera, en un intento por alcanzar los mercedes alados y blindados del comandante, manipulando la pistolita brillante para enfrentarse a una guardia pretoriana armada hasta los dientes. Tan fantasiosa imagen le regaló un ataque de risa incontrolable, carcajadas que rayaban con la histeria, pero que contagiaron de inmediato a la rubia despampanante, quien, con el pulgar extendido y el índice acusador, simulaba un arma y a la vez que apuntaba imitaba el sonido de los disparos, “pum pum”.
Llamaron al médico de la unidad ante la imprevisible locura de ambos y para asombro de los supuestos complotados, el galeno no tomó presión ni temperatura, sólo insistió en que confesaran, que cooperaran para poderlos atender en un hospital con mejores condiciones.
Días después, los supuestos francotiradores fueron puestos en libertad, sin acusaciones ni pistola, pero el registro de atentados sí los tuvo en cuenta: otra amenaza salvada a tiempo por la Seguridad del Estado. Este acto ridículo consiguió marcarlos para siempre, cualquier infracción de tránsito desataba la ira del policía actuante, y lo que se hubiera resuelto con una simple multa provocaba la inmediata detención y traslado a la unidad policial, donde debían soportar largas amenazas y discursos sobre la inmortalidad del Comandante.
Luego supimos que todo el que entraba al tenebroso edificio donde vivían era interrogado sobre “el atentado a Fidel”. Muchos no soportaban la presión y detallaban las peores conspiraciones. La lógica no funcionaba en estos casos, y cualquier cosa dicha pasaba a formar parte del archivo victorioso, no importa si el arma era un cuchillo de cocina o una libreta de abastecimiento, la cosa era salvar al Comandante para la historia.

Camilo Loret de Mola
Miami

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