Regresaré.

Estoy seguro, diría plenamente convencido de que regresaré. Cuando aun anudaba los por entonces largos cabellos en una coleta para desafiar la brisa marina en la espera por la picada de un pez, mis ojos no podían eludir una tenue colina junto a Boca de Jaruco, al noreste de La Habana. Veinteañero por entonces pensaba que algún día tendría el dinero suficiente para comprarme un terreno justo en la colina y hacer una casa en el lugar, donde cada mañana gozara del lujo de contemplar el gigante azul desde la ventana. Han pasado veinte años y algunos más y hoy cuarentón, sin la coleta, sin el brillo en la mirada de los que pisan su tierra, pero el sueño sigue ahí, colgado como péndulo al corazón en espera por las campanadas del regreso. Desde mi casa actual puedo ver el mar en lontananza pero no es igual, este Atlántico profundo no es del azul turquesa del de mi tierra, este azul es triste, quizás un azul lejanía. Mi sentido del olfato tiene veinte años más de uso y sometido a los efectos de las inhalaciones de cigarrillo negro, pero aun así me atrevo a afirmar que este mar no huele igual y más de una vez en andanzas pesqueras con amigos de mi nueva tierra de residencia les sorprendo con la interpretación a viva voz, de aquella canción que oímos de nuestras abuelas mientras intentaban dormirnos: "...yo no quiero una, yo no quiero dos, yo quiero la mía que se me perdió...". Sé con absoluta certeza que al volver aquel mar no será el mismo como yo tampoco lo soy, pero estoy seguro de que me reconocerá y más cuando desde la orilla, tras preparar los avíos le hable: - Mar, soy yo, el Hemingway de orilla, el de las "rabirrubias" como máxima captura, pero al final el que más fiel te ha sido. Soy yo, mar...-. Seguro me reconoce y me abraza con la reververancia de dos o tres olas junto a la orilla. Hablaré mucho con él, le contaré las ganas que tenía de que me llamarán solo por Ramón y no Ramón "el cubano", no porque no me sienta orgulloso de mi condición natal sino porque cuando te llaman así es porque estás lejos de todo, de las manos de mamá, de los ojos de los hijos, de un jonrón de Industriales y de un "durofrío" de Haydeé. Coño, cuando te cuelgan lo del cubano es como si todo lo que amas lo lanzaran de improviso a la mochila de los recuerdos y un segundo después envejeces un siglo por dentro, porque no te vuelves a reír igual nunca más. El mundo lo han vuelto demasiado complicado para mi gusto, todo el mundo dice que es el desarrollo, que es el verdadero "vacilón" pero hay que andar con teléfono arriba como si fuera un marcapaso, porque si eludes este objeto estás incomunicado. Creo que nosotros lo hacíamos mejor, siempre teníamos a la familia al alcance de un grito, hacíamos innecesaria la telefonía móvil y los "mamá, te quiero", "hijo, ten cuidado", "mi amor, te quiero muchísimo" se ejecutaban ipso facto, no eran frases a través de un satélite. Hasta la pesca la han complicado, caramba. Ya me gustaría ver al viejo Benito, mi profesor emérito de pesca de orilla virarse con aire cirscunpecto en mi dirección y soltarme un " Ramóncito, alcánzame un anzuelo del número ocho". Nosotros teníamos tres medidas, grande, mediano y chiquito, que podrían ampliarse más si utilizábamos los diminutivos "un poquito", "un poquitico" o el ya restrictivo o más exacto "un tin". Y eso por sólo hablar de los anzuelos, porque si hablamos de varas y carretes entonces es la catástrofe, con lo fácil que era ir a pescar con nuestros nylons en bobinas de madera y emular al inolvidable Capiró en nuestros lances de plomada, como también me atrevo a asegurar que nada avisa más de una picada que una lata de leche condensada saltando por encima del "diente de perro". Recuerdo cuando llegué al extranjero y me invitaron a la primera pesca. El grupo me esperaba en sus flamantes todoterrenos repletos de sofisticadas cañas, carretes, cajas de anzuelos, señuelos y toda esa parafernalia y yo con mi mochilita con dos carretes, algunos plomos y anzuelos. Lo cierto es que causé expectación y algo de intriga con mi mochila, más aun con la respuesta a su pregunta de si se me habían quedado las cañas: "Yo no uso eso". Me imagino que en el silencio de la mayoría, más de uno habrá pensado que hacía uso de artes de pesca chamánicas o algo así. Debo reconocer que hoy día uso cañas y carretes de acuerdo al tipo de pesca, pero el pescar a "la mano" aun me produce cierta nostalgia. Las cañas son los teléfonos móviles del pescador, muy útiles pero es como si se perdiera un contacto más íntimo con el pez. La presunta presa podía escuchar claramente a través del contacto de nuestras manos con el nylon un claro y conciso: "Muerde que te jodo", aquello si era pescar. ¿Y la carnada?, ahí ya nos pasamos. Nosotros pescábamos para comer en el sentido literal de la palabra, si por entonces hubiéramos visto a alguien ir a un supermercado a comprar gambas, caballas, calamares o dos o tres kilos de sardina pensábamos en un festín de boda o algo así, por supuesto de la hija de algún ministro. La pesca por acá es para darle vueltas a un carrete y no hablo de esos documentales donde un pescador de la NASA, sí porque esos trajes de infante de marina con tantos accesorios tienen que ser de la NASA, a mí no me engañan, se pasa una hora con un señuelo detrás de una trucha enorme y tras una hora de combate con el pez, el tipo lo coge con delicadeza y lo suelta. Si yo le hubiera soltado un bicho de esos al viejo Benito me habría dado cuando menos un machetazo. Nada, cosas del desarrollo. El mundo por acá habla de Dow Jones, Ibex, Nikkei, Mac Cain, Obama, Zapatero, Rajoy, Zarkozy y otros, es realmente complicado. Por aquel entonces mirábamos la luna a medianoche previendo las mareas y la dirección del viento para una buena pesca. ¿Quién necesita a Dow Jones para coger un buen pargo en plena arribazón?. Es que hay diferentes formas de ver la vida, hay quienes necesitan de un automóvil del año para ser felices, ¿cuanto no daría por estar cinco minutos con María Ofelia, aquella flaca de Nuevo Vedado que se parecía a Michelle Pfeifer junto a la orilla del mar, en Boca de Jaruco?. Creo que me estoy volviendo viejo y más con cuarenta y siete abriles en las costillas y tres siglos de añoranza en el corazón. Dicen que si uno abraza y acurruca un sueño todas las noches se le dá, espero que sea cierto. María Ofelia tiene que haber cambiado como lo he hecho yo, pero a veces la desnudo al caer la tarde junto a las uvas caletas mientras nos cae un aguacero de esos, de los de Cuba, de esas gotas que besan y "...que incitan al amor...", como diría el inolvidable José Antonio Méndez. No puedo vivir sin mi tierra y debo confesarlo. Cuando amanezca la libertad, venderé lo ganado durante estos años y no pararé hasta Boca de Jaruco. Si algún día pasan por la Vía Blanca y ven en la colina junto al pueblo, una casa blanca de tejas rojas no lo duden y deténganse. Les ofreceré un buen café pero si está lloviendo, esperen bajo el portal y no vayan por las uvas caletas de la orilla, no sean curiosos. Dicen que los sueños de tanto acurrucarlos.... Por mi hermano Patrio.

Boca de Jaruco, Cuba.

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