Llorando en 26


Rafael Alcides, La Habana

El otro día me encontré en 23 y 26 con alguien muy apiadado; se le caía la cara de vergüenza, por lo que me decía. De habérmelo permitido mis recursos, ahora podría recordarme entrando con él bajo el brazo en un bar y mandando a poner una ronda de cervezas.

Ese dolor me ha quedado.

No obstante, nos sentamos en un quicio, como dos muchachos, o como dos novios; en fin, cuando se llega a viejo todos los de antes son igualmente muchachos y del mismo sexo, fueran antaño hembra o fueran varones.

Ser viejo no es tanto ser antiguo como pertenecer a un nuevo sexo y, por tanto, poder hacer cosas que a los jóvenes les daría pena hacer, como llorar en público, por no entrar en ciertas intimidades menos elegantes, le dije secándole una lágrima, pues aquel viejo, que en otro tiempo puso bombas en la calle, mató policías y después subió a la Sierra, seguía desconsolado pensando en los actuales gobernantes cubanos, sus viejos compañeros tan amados por él.

Los presidentes imperialistas tuvieron más suerte, me decía. "Todavía en tiempos de Eisenhower era de buen gusto linchar negros, hoy eso pasó de moda, e incluso está prohibido. Pero el imperialista que lo prohibió no pasó por la vergüenza de ser el mismo que lo había autorizado. Con la bebida pasó igual. El imperialista que la autorizó luego de once años de sequía no fue el presidente que la prohibió.

"Mis pobres compañeros de la Sierra, en cambio, llevan ya cincuenta años muriéndose de la pena de verse autorizando hoy lo que ayer prohibieran. Los pobrecitos."

Dos horas estuvo mencionando aquel infeliz medidas anunciadas con la autoridad de un Moisés proclamando Los diez Mandamientos de la ley de Dios que después, muriéndose de vergüenza, les vio echar abajo, los pobrecitos.

"Es una lástima que ellos, que tan orgullosos fueron en el combate, se hayan visto sin embargo colocados por Cuba en esta situación tan amarga. ¿Crees que no les da pena haber tenido que hacer las paces con los homosexuales? ¿O que les dio gusto bajar la cabeza en cuestiones de la economía, de la cultura, con respecto al turismo, a la comunidad cubana en el exterior, haber tenido que empezar a contar con lo que de allá afuera nos mandan los mismos que ayer fueron despedidos a huevazos por la cabeza, haber tenido que aplaudir en la Plaza al Papa?, ¡Imagínatelos!"

Él ni leía ya los periódicos ni veía los noticieros para evitar la pena de verlos desdiciéndose casi minuto a minuto. Pena no por él, por ellos, porque los conocía, porque sabía que hubiesen merecido un mejor destino, y porque le daba rabia, sí rabia, rabia, mucha rabia que los presidentes americanos, nada menos que esos viles imperialistas, hubiesen tenido en ese quita y pon de leyes mejor suerte que sus compañeros, aquellos viejos amigos de antes, los pobrecitos, tan sacrificados.

Sufridamente me apretaba la mano. Y yo lamentando, lamentando no poder entrar con él en un bar a ahogar en cerveza sus penas, y porque a pesar de ser yo viejo igual que él, entrado ya en ese sexo en que estamos por encima del que dirán, empezaba a darme pena estar secándole las lágrimas en el quicio de una esquina tan transitada como la de 26 y 23.

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